La primera vez que fui a Manizales tenía 18 años. Fui a un
festival punk sin permiso de mi mamá. Nos fuimos en el carro de una amiga.
Íbamos 2 hombres y tres niñas. Llegamos de noche y casi no encontramos un lugar
que pudiéramos pagar. Al fin nos quedamos en un hotel (?) cerquita de la Plaza
de Bolívar. Sólo tenían tres camas entonces me tocó dormir con una amiga. Yo le
puse una camiseta a la almohada porque daba mucha desconfianza poner la cara
ahí. Nos picaron muchísimo las pulgas.
El festival era en un barrio que se llama El Solferino. Supongo
que era un barrio popular, las calles no estaban pavimentadas, era un pantanero
horrible y yo sólo veía punkeros acostados en el piso. Como si no hubiera
locales, todos habíamos ido de otras ciudades. Creo que nos quedamos media hora:
no éramos tan punkeros como creíamos. No volvimos. Nos quedamos una noche más
pero fuimos a otros lugares donde no había tantos punkeros y era más limpio.
La impresión que me dio la ciudad era de estar desmembrada. Todo
quedaba lejos de todo. Mejor: separado por potreros. En Medellín cualquier
terrenito es susceptible de convertirse en edificio y eso han hecho, construir
todo. Allá, en Manizales, menos mal no
se puede.
Dos o tres años después volví en un viaje de la universidad,
sólo recuerdo Chipre y mi profesor (el mejor profesor del mundo: Roberto Luis
Jaramillo) diciendo “mira, Margarita, al fondo se ven las tormentas del Chocó”
y justo ese día Manizales no tenía muchas nubes y vimos las tormentas del Chocó
tomando cerveza en lata.
Después, muchos años después, volví. En el 2008. Me enamoré
de un local y con él de la ciudad. Desde entonces, cada vez que vuelvo (me
disculparán lo cursi de aquí en adelante), siento como si volviera a mi casa.
Esa sensación que tiene uno de descanso, de alivio, cuando llega a la casa,
abre la puerta y la casa le devuelve ese olor característico que sólo la casa
de uno tiene, el olor de la comodidad. Así me siento cuando llego allá y decidí
que me quiero ir a vivir allá.
La gente hace caras raras cuando digo que me voy a ir.
¿Manizales? Preguntan haciendo cara de asco. Sí, Manizales. ¿Eso no es un
pueblo? preguntan ¿Y Medellín no lo es? Contrapregunto y respondo: Medellín es
un pueblo gigante, que se las da de mucho y no tiene nada de lo que tienen las
grandes ciudades, o bueno, sí: unos tacos eternos.
Manizales podrá no ser la gran metrópolis, pero ¿por qué
siempre tenemos que irnos para las grandes ciudades a que nos traguen? Yo la
prefiero mil veces. ¿Allá no son muy godos? Siguen preguntando y yo increpo ¿Medellín
no es una ciudad muy goda? Puede haber muchas cosas en contra de las dos
ciudades, no importa qué más cosas me puedan decir, yo quiero vivir allá y
punto.