Monday, April 9, 2012

El terror


Mi mamá compró una película que se llama No le temas a la oscuridad. La oí gritar mil veces mientras la veía. Decidí verla. La película, como casi todas las de terror, me decepcionó, no grité, no me asusté, no tuve problemas para dormir. Mi mamá es miedosísima, cierra las puertas del closet antes de dormir porque ve sombras raras, duerme con una lamparita prendida.
Me contaba que cuando era novia de mi papá y se iban a acampar a Bahía Solano, o a El Retiro, mi papá siempre la aterrorizaba hasta las lágrimas. Con nosotros mi papá hizo lo mismo. Mi mamá nunca se enteró.
Cuando mi hermanito y yo íbamos de vacaciones a Bogotá, todas las noches nos leía It de Stephen King, La cosa (así lo traducía mi papá, ahora que busco en Internet es “Eso”), para dormirnos. Dormíamos mi hermano, y yo (y mi primo cuando iba) en la misma cama (sencilla), abrazados. Después de estar acostados, nadie iba al baño o a la cocina solo. El apartamento de mi papá era viejo, de los 40 y mi papá se había dedicado a contarnos historias de los duendes que vivían más allá de una puertecita en el techo. De sólo imaginar que por ahí bajaría algo me daban ganas de morirme y seguro a mi hermano también.
Una vez hizo maratón de películas de Stephen King. Yo sólo recuerdo Cementerio de animales. Por la noche no fui capaz de ir al baño y me oriné. Ya tenía 13 años. Pude haber ido al baño, pero estaba paralizada. Lo único que pude hacer, fue levantarme, cruzar el corredor y meterme en la cama de mi papá. Su esposa me abrazó y sólo así me pude dormir. Ella no se quejó de que yo estuviera mojada, ni de nada. Tampoco le dijo a mi papá que no nos pusiera más películas de esas.
En la finca, siempre prometía cinco mil pesos, ¡cinco mil pesos!, a quien lo acompañara hasta el portón. El camino hasta el portón no era largo, por ahí 20 metros, pero era oscurísima, la luz de la casa se agotaba muy rápido. Sólo se veía la chispita del cigarrillo de mi papá y su voz terrorífica contando las historias más horripilantes y su risa de malvado de película. Nadie nunca llegó hasta el portón. Nadie nunca se ganó los cinco mil pesos (que creo, además, que no tenía).
Esta es la explicación de por qué las películas de terror no me producen terror. Estoy curada. Mi papá con su insaciable sed de lágrimas de sufrimiento me curó. Muajajajajajaja.