Mi mamá compró una película que se llama No le temas a la
oscuridad. La oí gritar mil veces mientras la veía. Decidí verla. La película,
como casi todas las de terror, me decepcionó, no grité, no me asusté, no tuve
problemas para dormir. Mi mamá es miedosísima, cierra las puertas del closet
antes de dormir porque ve sombras raras, duerme con una lamparita prendida.
Me contaba que cuando era novia de mi papá y se iban a
acampar a Bahía Solano, o a El Retiro, mi papá siempre la aterrorizaba hasta las
lágrimas. Con nosotros mi papá hizo lo mismo. Mi mamá nunca se enteró.
Cuando mi hermanito y yo íbamos de vacaciones a Bogotá, todas
las noches nos leía It de Stephen King, La cosa (así lo traducía mi papá, ahora
que busco en Internet es “Eso”), para dormirnos. Dormíamos mi hermano, y yo (y mi
primo cuando iba) en la misma cama (sencilla), abrazados. Después de estar
acostados, nadie iba al baño o a la cocina solo. El apartamento de mi papá era
viejo, de los 40 y mi papá se había dedicado a contarnos historias de los duendes
que vivían más allá de una puertecita en el techo. De sólo imaginar que por ahí
bajaría algo me daban ganas de morirme y seguro a mi hermano también.
Una vez hizo maratón de películas de Stephen King. Yo sólo
recuerdo Cementerio de animales. Por la noche no fui capaz de ir al baño y me
oriné. Ya tenía 13 años. Pude haber ido al baño, pero estaba paralizada. Lo
único que pude hacer, fue levantarme, cruzar el corredor y meterme en la cama
de mi papá. Su esposa me abrazó y sólo así me pude dormir. Ella no se quejó de
que yo estuviera mojada, ni de nada. Tampoco le dijo a mi papá que no nos
pusiera más películas de esas.
En la finca, siempre prometía cinco mil pesos, ¡cinco mil
pesos!, a quien lo acompañara hasta el portón. El camino hasta el portón no era
largo, por ahí 20 metros, pero era oscurísima, la luz de la casa se agotaba muy
rápido. Sólo se veía la chispita del cigarrillo de mi papá y su voz terrorífica
contando las historias más horripilantes y su risa de malvado de película.
Nadie nunca llegó hasta el portón. Nadie nunca se ganó los cinco mil pesos (que
creo, además, que no tenía).
Esta es la explicación de por qué las películas de terror no
me producen terror. Estoy curada. Mi papá con su insaciable sed de lágrimas de
sufrimiento me curó. Muajajajajajaja.
