Monday, March 16, 2009

la capital

Nací en Bogotá y tengo uno recuerdos lindos de infancia, la casa de Palermo con sus maceticas con babosas (que nunca volví a ver, ¿se extinguieron?), unos sofas inmensos con cojines rojos, el piano de mi mamá, un cuarto grande en el que dormíamos Santiago y yo y en el que teníamos una pared completa para dibujar y millones de juguetes para jugar con los alumnos de mi mamá, el colegio Refous y sus concursos de cometas, los domingos con mi papá y mi mamá juntos (se separaron cuando estábamos muy chiquitos), el Señor Murcia, el barbero como los de antes, peinado como Gaitán y con una batica blanca inmaculada que nos quería mucho y nosotros a el, recuerdo salir corriendo sólo para ir a saludarlo (no nos daba nada, ni dulces ni nada, era amor del puro), el apartamento de mi papa en el centro con un olor característico de cigarrillo y cera que me sigue pareciendo delicioso. Esta es la única vez que he ido y no he hecho el paseo que hacíamos mi hermanito y yo en vacaciones: caminar desde la tercera con 24 hasta la 19, bajar por la 19 hasta la décima, ir a los centros comerciales de rockeros a antojarnos para que mi papá luego fuera a comprarnos un cassette que nos gustara, subir a la séptima, caminar por la séptima hasta la 24 y volver a subir; a veces era en la otra dirección, pero no podíamos alejarnos mucho, tendríamos 12 o 13. Y el centro de Bogotá no era (y no es) seguro para nadie.
Después de que mi papá se murió volví varias veces y siempre sentí que esa no era una ciudad para nadie, como una cosa amorfa a la que nadie quería, gris, intimidante, pobre y llena de gente que no sonríe. Aunque salí muchas veces del centro, no van a creer, el centro era como mi centro de actividades, y la verdad no disfruto mucho lo grisáceo de los centros de las ciudades colombianas.
Cuando me gradúe de la universidad, la que fue esposa de mi papá, su viuda, me dijo que si quería irme a vivir a Bogotá era más que bienvenida y ella me daba un apartamento para vivir, le dije que listo, fui y sentí que no iba a ser capaz de quedarme allá y me devolví para una ciudad no menos caótica, pero si con sol solecito y donde la gente, hasta para atracar, sonríe.
La última vez que estuve en Bogotá fue Rock al Parque 2005, estuve solo con paisas y sólo salimos del hotel de fiesta y a los conciertos. No ví la ciudad caminada, como debe ser, porque íbamos a todas partes en una van y sólo estuve con los que tocaron en los conciertos.
Bueno, este fin de semana estuve en Bogotá y estuve de suerte: no llovió (y eso que llevé mi paragüitas hermoso), caminé sola y ni una vez me sentí insegura, como me sentí antes. Bueno, no estuve en el centro. Transmilenio, a pesar del desorden, de ver que se está cayendo, que los muchachitos de los colegios se meten por las plataformas sin pagar, me pareció decente, aunque un señor con el que hablé me dijo que en hora pico era una cosa horrible y después otras personas lo confirmaron.
Lo otro, que mi papá decía, mis tíos y casi todo el mundo, es que se supone que uno no debe hablar en los taxis porque o le dan en la cabeza o le dan en la cabeza: le cobran más o le dan vueltas por lugares que uno no conoce para cobrarle más. A mi me pareció que era lo contrario, descubrí que a una paisa que sonríe le va bien (bueno, fue solo un fin de semana), los rolos no sonríen (a veces sí) pero responden bien a los buenos tratos. Eso fue un buen descubrimiento. También ahora sonrío mucho más, de adolescente y en los early twenties fue medio punketa y nunca se me ocurrió que si uno sonríe la vida es más fácil, sobre todo la vida diaria (vecinos, tenderos, meseros, porteros, etc.)
Entonces, niños, la lección de hoy es: sonreír. Terminé como una profe, pero queliace.

ah, otra cosssita: mi acento, siempre había ido acompañada de alguien de por aquí, de la montaña entonces no me daba cuenta de lo paisa que hablo. Me sentí como en La Casa de las Dos Palmas.

5 smooches:

keki said...

DOn´t roowy, by happy

smile, them

jajajaj

Carolina Andújar said...

Suena chévere la metrópoli, Maggie Mae. Yo no sé pero a mí me da susto ir por allá al altiplano, con los carros y la electricidad y todo eso. Pero vos con esa sonrisa tan bonita sobrevivís en cualquier parte.

Jorge Mario Sánchez said...

En Bucaramanga, de donde vengo, es peor que en Bogotá: allá no sólo no sonríen, sino que miran feo y hablan duro.

keki said...

que buen umbrella!!!!! quiero uno...snif-snif

Ángela Cuartas said...

Yo soy caleña, vivo en la capital y la sonrisa (desde que me la arreglaron a los 15 años y desde antes, con colmillos saliendo casi de la nariz) me fluye de una manera aterradora. Sonrío y sonrío en la capital. Y claro, tiene sus ventajas. Pero entonces también tiene desventajas. Como que la gente cree que uno le está coqueteando y no, uno solo está sonriendo porque le fluye la sonrisa de una manera desproporcionada y descontrolada (aunque a veces me confundo y termino enredada en mi supuesto coqueteo). O que crean que uno es como bobo -que no es taaan falso, pero no deberían creerlo, qué pena-. O que en una universidad toda llena de gente súper independiente, seria y gomela -como los andes, donde estudié- la gente lo mire a uno como: y esta pendeja por qué me sonríe, ¿acaso nos conocemos?
El caso es que, como vos, decidí que me voy a un lugar soleado de gente sonriente. Pronto. Lo que sí voy a extrañar es el centro, lo mejor de la capital.